
Había una vez en una ciudad llamada Eslohadia; un niño llamado Nuco, quien era muy extrovertido y juguetón, al que se le miraba ir de un lado a otro corriendo y brincoteando por todo el pueblo muy feliz, al menos eso parecía.
Sin embargo, detrás de cada sonrisa y salto, Nuco escondía una gran tristeza. Vivía con sus padres, aunque en realidad, pocas veces sentía que lo miraban. Su padre solía pasar las tardes dormido en el sillón, con una botella a medio terminar descansando en la mesa. Su madre, siempre apurada y con el ceño fruncido, apenas le hablaba más que para mandarlo a callar o pedirle que no estorbara.
Nuco pasaba muchas horas solo. Jugaba en su habitación con lo que tuviera a mano, inventando amigos invisibles que si lo escuchaban. Pero por las noches, cuando todo estaba en silencio y la casa parecía más fría que nunca, se sentaba frente al viejo espejo que colgaba en la pared del pasillo. No sabía por qué, pero le gustaba mirarse allí. Tal vez porque el espejo no le gritaba. Tal vez porque era el único que le devolvía algo parecido a atención.
Una noche, justo cuando estaba a punto de llorar sin razón aparente, ocurrió algo extraño. En lugar de ver su reflejo, Nuco se percató de una pequeña luz moviéndose dentro del espejo. Se frotó los ojos, pensando que era su imaginación. Pero no. La luz creció, giró sobre sí misma y, como saliendo de un sueño, tomó la forma de una diminuta figura con alas brillantes.
-Hola, Nuco- dijo una voz suave, como el canto de un susurro feliz-. No estás solo. Yo estoy contigo.
Nuco dio un paso atrás, asombrado. Pero el hada sonrió con tanta calidez que no sintió miedo, sino algo completamente diferente…algo parecido a consuelo.
La miró con los ojos perplejos y muy abiertos.
– ¿Quién eres? – preguntó con voz temblorosa.
-Soy Mirrory, el hada del espejo- respondió ella, inclinándose en una pequeña reverencia. Sus alas parecían hechas de polvo de estrellas-. Te he estado observando, Nuco. Sé que eres un niño valiente y con un corazón enorme, aunque a veces no lo creas.
Nuco bajó la mirada.
-Pero… yo no soy valiente. Ni importante. Nadie me escucha en esta casa, ni en ninguna parte. – Un nudo se le formó en la garganta, y sus ojos se llenaron de lágrias.
Mirrory se acercó flotando, hasta quedar justo en frente de su cara, separada solo por el cristal.
-Eso no es verdad -dijo con firmeza-. Tú importas mucho. Lo que sientes importa. Y quiero enseñarte algo que te ayudará cada vez que te sientas solo o triste.
– ¿Qué cosa? -preguntó Nuco, secándose las lágrimas con la manga.
Mirrory extendió su varita diminuta, que terminaba en un diamante de espejos luminoso. De pronto, en el espejo comenzaron a aparecer palabras escritas en letras doradas:
“Soy fuerte.”
“Soy valioso.”
“Mi voz es importante.”
“Merezco ser valorado”
Nuco leyó despacio con un leve temblor en los labios.
– ¿Qué es esto?
-Son afirmaciones mágicas – explicó Mirrory-. Cada vez que repites estas palabras, poco a poco tu corazón se llena de luz. No cambiarán lo que pasa a tu alrededor… pero si te recordarán lo importante que eres.
Nuco parpadeó, sorprendido.
– ¿Y… funcionarán?
Mirrory sonrió, tan luminosa como un amanecer.
-La verdadera magia empieza aquí- dijo, tocándose el corazón-. Y tú, Nuco, tienes más magia de la que te imaginas. Sólo debes buscarla dentro de ti.
Nuco se quedó mirando su reflejo. Y aunque seguía sintiendo tristeza, un calorcito comenzó a encenderse en su pecho mientras leía cada frase.
Esa noche, Nuco se fue a la cama repitiendo las palabras doradas en voz bajita.
-Soy fuerte…soy valioso… mi voz es importante… merezco ser valorado…
Mientras lo decía, sentía que su pecho se llenaba, como si una luz pequeña se hubiese encendido dentro de él.
Al día siguiente, aunque el ambiente en su casa seguía igual –su padre dormido en el sillón, su madre corriendo de un lado a oro y gruñendo por todo lado-, Nuco notó algo diferente. Cuando su madre le gritó que no hiciera ruido, en lugar de encogerse, Nuco respiró hondo y pensó: “Mi voz es importante.”
No contestó, pero tampoco se sintió tan pequeño como antes.
Al volver del colegio, lo primero que hizo fue correr hasta el espejo el pasillo.
¡Mirrory! -llamó en un susurro.
La superficie del espejo brilló y el hada apareció de inmediato, flotando entre destellos de luz.

– ¡Hola, Nuco! -dijo ella, sonriendo-. ¿Repetiste las afirmaciones?
Nuco asintió, con los ojos brillantes.
-Sí. Hoy me sentí… un poquito más fuerte.
Mirrory aplaudió feliz, haciendo que diminutas chispas verdes y doradas volaran a su alrededor.
– ¡Bravo, Nuco! Cada vez que las digas, tu luz crecerá más. Quiero enseñarte algo nuevo mañana. Pero por hoy, repite conmigo una vez más.
Y juntos, frente al espejo recitaron las palabras:
-Soy fuerte.
-Soy valioso.
-Mi voz es importante.
-Merezco se valorado.
Mientras lo hacían, el espejo parecía volverse más claro y brillante, como si reflejara no solo la imagen de Nuco, sino también la chispa de esperanza que empezaba a nacer en su corazón.
Esa noche, antes de dormir, Nuco se miró otra vez en el espejo y sonrió por primera vez en mucho tiempo. Aunque sabía que sus problemas no desaparecerían de un día para otro, también sabía que ya no estaba solo. Porque ahora tenía a Mirrory (su propio aprecio interior) … y unas palabras mágicas que empezaban a llenarle el corazón de valor y de luz. Y mientras cerraba los ojos, pensó que quizá, el mañana sería un poquito mejor.
